Ecco l’alba luminosa

Ecco l’alba luminosa: la música espiritual en la Italia del 1600

En el siglo XVI la Contrarreforma católica tomó el culto a la Virgen como una de sus señas diferenciales ante las iglesias reformadas del Norte. Convertida la figura de María en el centro de esa descomunal maniobra propagandística que siguió al Concilio de Trento, con Roma y su curia como centro de operaciones, las innumerables obras artísticas y musicales a ella dedicadas sirvieron además como la más confesable forma de reconducir una sensualidad duramente reprimida en otros ámbitos.

Domenico Mazzocchi fue el favorito de esa curia romana, protegido por Urbano VIII y también por otro Barberini, el cardenal Francesco (en cuya academia, por cierto, sabemos que sus madrigales eran acompañados por violas da gamba), y más tarde por el papa Inocencio X. En su estilo hay ya mucho de la ópera: de ella tomó la monodía, que, acompañada por el basso continuo, permitía entender los textos piadosos con mucha más claridad. El ambiente refinado de la aristocracia cardenalicia romana sería el entorno ideal para el desarrollo de un estilo igualmente exquisito pero más asequible para el oyente atento que la vieja polifonía.

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